Mi nombre es Lidia, y confieso que siempre he sido antibodas. Me daba mucha pereza y siempre tuve claro que no me casaría. ¡Craso error! Viví  en pecado con mi pareja un tiempo, nos quedamos embarazados y cuando nuestro retoño tenía 2 años empezamos a hablar de “formalizar” la situación (¿más? ¡ya teníamos una hipoteca y un hijo! Pues sí…).

Empezamos pensando en hacer algo muy íntimo e informal, y al final nos liamos la manta a la cabeza con una boda digna de príncipes europeos. Me dí cuenta porqué a día de hoy la gente sigue organizando estos eventos tan especiales, y es que engancha.

Engancha el pensar en ese día, en que estarás con toda tu gente, lo recordarás toda tu vida, será uno de los momentos más emocionantes que hayas pasado jamás y quieres que salga todo perfecto.

Cada detalle cuenta, desde la liga de la novia hasta los regalitos que haréis a los invitados
(esa gente tan importante para vosotros) para que ellos también tengan un bonito recuerdo de vuestro gran día.

En mi caso, tenía claro que quería que fuera un día divertido, no quería el típico recuerdo que no sabes dónde poner cuando llegas a casa, y, de repente, me acordé de aquella  máquina de chapas fantástica de mi adolescencia.

Mi historia con las chapas empezó hace ya varios años y si miro hacia atrás, de una manera o de otra, están presentes en la mayoría de los grandes momentos de mi vida y pensé que en mi boda no podía ser menos. Todo surgió cuando una de mis mejores amigas empezó en la universidad. Llevaba tan sólo unas semanas y ya habían organizado varias fiestas a las que, por supuesto, íbamos todas las amigas a disfturar de ambiente universitario.

Un día, vino mi amiga y nos propuso comprar una máquina de chapas, para poder sacarnos un extra y también para algunas fiestas donde los beneficios iban a causas bastante chulas con las que simpatizábamos especialmente.

 

¿Una máquina de chapas? ¿pero eso qué es lo que es?

¿íbamos a saber nosotras hacer eso? ¿cómo funcionaba?

y ¿de qué “inversión” estábamos hablando?

 

Éramos todas estudiantes así que había que echar cuentas.

Las cuentas salieron. Las dudas se resolvieron en una tarde de risas investigando con la máquina. Todo empezó a rodar. Teníamos la excusa perfecta para ir a todas las fiestas y las chapas triunfaban. Es cierto que no vimos casi un duro, porque la mayoría de las cosas eran solidarias, pero nos lo pasábamos genial y a la gente le gustaban.

A partir de ahí, siempre han surgido “eventos” a los que dar el toque con las chapas. ¿Que una amiga se vapor trabajo a Chile? ¡Pues chapas para todas en su fiesta de despedida! ¿Que hace años que no nos juntamos todas para la cena de navidad y este año por fin coincidimos? ¡Pues chapa al canto for everywhere!

 

Y así hasta que me acordé de ellas para el día de mi boda.

Es cierto que la inspiración no me vino sola. Vi en varios blogs de bodas que había empezado a seguir que últimamente se llevaba mucho eso de poner chapas con frases divertidas. (No me podía creer que yo estuviera siguiendo estos blogs, ¡pero me encantaban!). Buscando recambios para hacer las chapas de mi boda me dí cuenta que había un mundo por descubrir. No sólo había chapas, además también había abridores, imanes, espejos… ¡y de varios tamaños!

 

Me volví loca y el gusanillo me ha picado tanto que no paro de ver nuevas oportunidades, nuevos productos, diferentes eventos en los que quedan genial

 

Tanto me gustó, que terminé enganchando a esa persona con la que nunca iba a casarme… Sin él no sería posible todo esto, es el que me pone los pies en la tierra, el que “echa las cuentas” para que todo cuadre, el que curra incansablemente para que todo salga adelante y el que me da el empujón que necesito cuando vienen días menos buenos.

Y así empieza esta andadura que nos llena, porque nos encanta ver disfrutar a la gente y darles una excusa perfecta para reírse gracias a unas piezas metálicas hechas con mucho amor, eso sí. 😉